jueves, septiembre 08, 2005

La Internacional Situacionista. Auge y caída de la crítica a la sociedad espectacular (I)


A la memoria de Guy E. Debord (1931-1994)

De la lucha de clases al “Estado del Bienestar”. El contexto histórico de la Internacional Situacionista.

“Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre…”

André Gide[i]

Hace ya mucho tiempo que aquel fantasma que una vez recorriese Europa duerme el sueño eterno en las frías catacumbas de la Historia. Poco queda del recuerdo de la intensa agitación revolucionaria que golpeó a la vieja Europa desde que el 28 de septiembre de 1864 naciese la primera Internacional hasta mayo de 1937 en que murió la última esperanza revolucionaria en las calles de Barcelona, bajo las balas de la contrarrevolución estalinista. Un conjunto de símbolos dispersos, una memoria distorsionada y una historia frágil y frecuentemente manipulada es todo lo que conservamos de ese “primer asalto proletario a la sociedad de clases” que sucumbió arrollado por las ruedas de acero del ineludible avance del capitalismo. A ese “primer asalto” siguió un “segundo asalto” que de nuevo hizo temblar los cimientos del capitalismo. Pero el camaleón capitalista volvió a dar un giro de tuerca más que hizo caer sobre la lona a su adversario y nos ató aún más a nuestra miseria. La historia de la lucha contra el capital es la historia una derrota continua. Pero sobre las cenizas de esa derrota –y aprovechando los restos que el incendio no terminó de consumir- se debe empezar a levantar un nuevo edificio, sin miedo a que, una vez más, el fuego del capital devore nuestra obra. Ese “segundo asalto proletario” y –más concretamente- su desarrollo teórico y práctico más sólido, la Internacional Situacionista, es el objeto de estudio de este ensayo. Su finalidad es aprender del pasado para construir el futuro. Vagando de derrota en derrota hasta la victoria final.

El movimiento obrero clásico fue definitivamente derrotado durante la primera mitad del siglo XX. Tras el fracaso de la Revolución Española, la catástrofe que supuso la Segunda Guerra Mundial y la división del mundo de posguerra en dos bloques antagónicos –anverso y reverso de una misma moneda: la dictadura de la industrialización, de la economía independiente del ser humano- se hizo evidente que las tentativas de creación de una sociedad no basada en la mercancía no habían podido superar sus limitaciones propias y las impuestas por el enemigo a batir. El movimiento obrero quedó desarmado ideológicamente, dividido y atrapado en la creciente hostilidad entre el bloque capitalista occidental y la burocracia soviética. A ello se unía el desarrollo de un nuevo modelo de capitalismo, en el que proletariado iba a ser integrado en el sistema mediante su transformación en “consumidor”[ii], pasando de ser agente histórico de la revolución a un eslabón más de la cadena. El “Estado del bienestar” nacía a la vez que moría el concepto clásico de lucha de clases. Un mundo nuevo había nacido, pero no era la tan ansiada utopía emancipadora, sino más bien la distopía que presagiaron George Orwell y Aldous Huxley.

A comienzos del siglo XX, al mismo tiempo que el movimiento obrero desarrollaba su lucha histórica por la emancipación política y económica, en el arte se estaba desarrollando otra revolución que luchaba por su liberación del carácter de mercancía de consumo de la burguesía. Las vanguardias artísticas del primer tercio del siglo XX trataron de superar los marcos tradicionales de la actividad artística y de integrar el arte en la práctica cotidiana[iii], pero vieron como sus tentativas fracasaban ahogadas por la situación bélica en Europa, por la imposibilidad de superar la cosificación del arte sin previamente superar la cosificación de la propia humanidad y por su clara incapacidad para conectar con los intereses de la clase obrera.

La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto –constatación de la barbarie en la que está inmerso el mundo- supusieron un punto de inflexión que costó mucho superar. No será hasta finales de los años cincuenta del siglo XX cuando comiencen a apreciarse signos de una lenta recuperación de la crítica radical –tanto en el ámbito político como en el artístico-, que no terminarán de cristalizar hasta los años sesenta, con la explosión de la llamada “nueva izquierda”. Será en esa década de los sesenta cuando se produzca una renovación teórica y práctica de la izquierda que trata de adaptarse a las nuevas condiciones que impone el capitalismo posindustrial.

En este marco histórico es en el que hay que inscribir a la Internacional Situacionista, un movimiento vanguardista en el que lo político y lo artístico se fusionan para tratar de superar las condiciones de separación de la vida a las que nos somete la sociedad capitalista avanzada. La historia de la Internacional Situacionista y de su principal figura –Guy Debord- es la historia de la lucha política de los últimos cincuenta años; con sus victorias y sus derrotas, sus grandezas y sus miserias, sus aciertos y sus errores. Llevar a cabo un análisis en profundidad de lo que supuso la Internacional Situacionista es avanzar en pos de la construcción de un movimiento crítico que nos permita conquistar un futuro que nos pertenece menos a cada instante.




NOTAS:

[i] André Gide: El inmoralista, Argos Vergara, Barcelona, 1981, p. 13.

[ii] Miguel Amorós: “Tecnología y disolución de clases”, Las armas de la crítica, Likiniano elkartea, Bilbao, 2004, p.40

[iii] Stewart Home: El asalto a la cultura. Corrientes utópicas desde el Letrismo a Class War, Virus, Barcelona, 2002, p. 17.

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