martes, octubre 25, 2005

La tarea del pensamiento


La preocupación por el descenso –tal vez deberíamos decir declive- de la lectura entre los jóvenes –y los no tan jóvenes- es un tema que se haya muy presente en los mass media y en despachos de los altos funcionarios de la educación. Son habituales tanto los artículos y reportajes por un lado, como los informes, estadísticas y “planes de fomento de la lectura” por el otro, en los que se trata este tema. No es sólo que prácticamente no se lea, es que nuestros escolares son incapaces de comprender lo que leen, no hablemos ya de la capacidad de realizar una lectura crítica.

En relación con este tema, hace unos días apareció un artículo de Juan José Millás en el que relataba como un amigo suyo le había pedido consejo, angustiado porque su hijo ¡prefería leer a Flaubert antes que salir a tomar cervezas con los amigos! Millás acepta la petición de su amigo para hablar con el chaval, pero, lejos de amonestarle por su rareza, se decide a ayudarle a leer a Virgilio de forma clandestina[1]. Se non è vero, è ben trovato. Relato verídico o ficción, lo cierto es que Millás pone el dedo en la llaga, aunque, temeroso quizás de ahondar demasiado en la herida, lo retira rápidamente, no fuese a llegar a conclusiones demasiado inquietantes.

Desgraciadamente, el problema de la falta de lectura no es un fenómeno aislable que pueda ser solucionado con reformas educativas o con “planes de fomento de la lectura”. Estamos ante un reflejo de la irracionalidad del mundo en el que vivimos, algo que los burócratas, pedagogos y demás técnicos y especialistas no pueden o no quieren entender. De lo que hablamos es de la totalidad de nuestra forma de vida y no de un aspecto u otro de las estrategias culturales y educativas; no se trata de ningún conflicto entre high culture y low culture, no es una cuestión de kitsch, ni de subculturas, ni de rebelión juvenil, ni de la inoperatividad –por otra parte evidente- del sistema educativo. Se trata de algo mucho más profundo, porque lo que está en juego es la Cultura, es nuestra relación con el mundo que vivimos, es nuestra capacidad para (re)presentarnos la realidad y, en última instancia, nuestra capacidad para poder ser libres.

Que vivimos en la cultura de la imagen es algo de sobra conocido. Pero entender qué significa esto ya es otra cuestión. Nuestra relación con el mundo se lleva a cabo fundamentalmente a través de imágenes: televisión, videojuegos, internet, cine, anuncios, etc. ¿Cómo no vamos a estar mediatizados por ellas?[2] La imagen está siempre presente en nuestras vidas y, para un número cada vez mayor de personas, toda la comprensión del mundo se realiza a través de esas imágenes. Este fenómeno no es en ningún modo neutral, puesto que la imagen implica pasividad, que es uno de los grandes males de nuestra época; no somos ni mejores ni peores que las generaciones que nos precedieron, simplemente se ha instalado entre nosotros y la realidad que vivimos una separación, un muro que es muy difícil saltar.

Esa pasividad supone un adormecimiento del pensamiento. La imagen nos presenta una realidad ya digerida, lista para consumir, por lo que el pensamiento –el lenguaje hablado o escrito- es sustituido por la imagen –la vista- como criterio básico de nuestra relación con la realidad[3]. Esto provoca un empobrecimiento de nuestra capacidad intelectual, ya que si no se ejercita el pensamiento, si no lo ponemos a trabajar, tampoco se desarrolla, languidece plácidamente en un estado de embotamiento intelectual en el que quedamos reducidos a zombies sumisos listos para ser programados por la pantalla. Donde domina la mercancía, la productividad es el único criterio válido y, por tanto, quien marca las pautas. El tiempo es oro y no podemos perderlo pensando por nosotros mismos, necesitamos acumular datos que nos puedan ser útiles y eso lo logramos por medio de la imagen, cuya inmediatez y falta de consciencia sólo conduce a la pauperización del pensamiento. Atrapados en una sociedad en la que lo cuantitativo prima sobre lo cualitativo y lo ilusorio –espectacular- sobre lo real, nos dejamos engañar por lo real aparente y aceptamos el principio de la inmediatez, la saturación de lo imaginario y la especialización de la experiencia y del conocimiento. Pero estamos jugando con fuego, nos resignamos a ser siempre esclavos. Estamos vendiendo nuestra capacidad como seres humanos para pensar y desarrollarnos por nosotros mismos a cambio de bagatelas, a cambio de más ocio, de más mercancías, de más consumismo embrutecedor, por tanto de menos libertad, de más mediación y de más separación de lo natural y lo social. Un mal negocio.

Lamentar que las nuevas generaciones no conozcan los grandes clásicos de la literatura universal, que prácticamente no lean o que no puedan realizar correctamente un ejercicio de comprensión lectora[4] es un gran ejercicio de cinismo o una demostración de profunda ignorancia. ¿Cómo se les puede exigir que piensen si desde niños han mamado de las ubres de la sociedad del consumo, si no han conocido otra cosa que el reino de lo banal, de lo efímero, de lo espectacular? Todo es imagen en nuestras vidas, velocidad medida en bytes, y en este mundo ya no ha lugar para la reflexión, para la lectura paciente y crítica. Todo se mide en volumen de datos, en cantidad y no en cualidad. Introducir la informática en las aulas, ésa es la gran apuesta de los especialistas, de los administradores de nuestra miseria, sumerjámonos más profundamente en la sima. ¿Para qué leer a Flaubert? Eso no interesa, a quien deben conocer las nuevas generaciones es a Bill Gates. Ése es el futuro que proponen. La literatura es una pérdida de tiempo, si acaso algún best-seller para pasar el tiempo en el andén de una estación camino del trabajo, algo ligero para pasar el rato entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio.

En el reino de la mediocridad postmoderna, el vacío cultural es un reflejo del hastío de nuestras vidas. Que se nos acuse de apocalípticos no es algo que nos deba preocupar, porque cuando lo que está en juego es la esencia del ser humano no valen términos medios. Recordemos el escenario que nos pintaba Bradbury en Fahrenheit 451. En esta distopía los bomberos se dedicaban a quemar libros. Los libros estaban prohibidos para proteger a la gente en su ignorancia consumista. Pero los libros no fueron prohibidos desde un principio, simplemente la gente dejó de interesarse por ellos, perdieron cualquier interés. ¿Para qué leer si tenían pantallas de televisión, drogas, deportes y toda clase de entretenimientos espectaculares? Leer significa pensar, pensar significa hacerse preguntas, hacerse preguntas significa no conocer todas las respuestas y no conocer todas las respuesta significa ser infeliz, pero esa infelicidad por no conocerlo todo es lo que nos hace ser humanos y, en el fondo, felices. El mundo de Fahrenheit 451 es el mundo de la (in)feliz ignorancia, de la estupidez encumbrada, del actuar no-actuando y del no-ser en el ser, por cuanto ese ser no puede serlo si se le enajena su capacidad para desarrollar un pensamiento autónomo. Es el engaño consumado: felicidad a base de drogas y falsas experiencias. ¿Cabe mayor estupidez? Pero es la realidad que vivimos: la vida falsificada. Nuestro mundo cada vez se parece más al que reflejó Bradbury, lo cual debería llevarnos a reflexionar.

Es posible que el realismo del siglo XIX no sea más que una respuesta a la enajenación de la realidad del mundo que provocaba el desarrollo capitalista[5]. De hecho, podemos estar de acuerdo con la afirmación de que la cultura es en sí misma una mediación, “una ruptura entre el todo y sus partes, que van siendo progresivamente dominadas.”[6] Siendo conscientes de esta realidad: que toda cultura es mediación; si hemos de elegir entre la mediación (aparentemente) no mediada –en la que todo es efímero y consumible y la Historia es una entelequia- de la postmodernidad, que no refleja sino el vacío más absoluto, y la mediación conscientemente mediada –que permite una mayor flexibilidad para subvertirla y superarla, por cuanto se haya siempre presente conscientemente- de la Modernidad, que recoge todo lo que antaño se llamaba cultura, no cabe duda que elegiremos ésta última. El arte y la cultura han sido superados, pero han sido superados por la NADA espectacular. Por tanto, en lugar de celebrarlo y ser partícipes de una inconsciencia suicida que sólo nos conduciría a la colaboración con la irracionalidad del sistema, debemos luchar por devolver al pensamiento al centro de la escena política. La recuperación del pensamiento como herramienta política debe ser una de las claves para superar la escisión vida-experiencia:

Llamamos pensamiento al nexo que constituye las formas de vida en un contexto inseparable, en forma-de-vida. No nos referimos con esto al ejercicio individual de un órgano o de una facultad psíquica, sino a una experiencia, un experimentum que tiene por objeto el carácter potencial de la vida y de la inteligencia humanas. pensar no significa sólo ser afectados por esta o aquella cosa, por este o aquel contenido de pensamiento en acto, sino ser a la vez afectados por la propia receptividad, hacer la experiencia, en cada pensamiento, de una pura potencia de pensar.[7]

La tarea del pensamiento es hoy más importante que nunca, por cuanto debe convertirse en potencia que dirija los esfuerzos unitarios para construir una alternativa sólida: “La intelectualidad, el pensamiento no son una forma de vida más junto a las otras en que se articulan la vida y la producción social, sino que son la potencia unitaria que constituye en forma-de-vida a las múltiples formas de vida.”[8] El desdén por lo intelectual y lo cultural presente en gran parte de la crítica social debe ser superado, puesto que, en el período de barbarie en el que estamos inmersos, esa actitud anti-intelectualista sólo contribuye a afirmar la sinrazón de la época, la barbarie de la vacuidad de nuestras vidas y experiencias. Por tanto, frente a la (i)rrealidad espectacular, frente a la cultura de la imagen, de la televisión, de los videojuegos, de la publicidad omnipresente, se impone recuperar la razón, volver a la lectura, al pensamiento paciente y sereno, pero a la vez crítico y contundente. Las armas de la crítica son -no lo olvidemos- las armas del pensamiento, pues sólo en base al pensamiento se podrá construir una acción emancipadora. Leer para luchar y luchar para recuperar nuestra vida.



NOTAS:

[1] Juan José Millás: “Clandestinos”, El País, 14 de octubre de 2005

[2] Guy Debord: La sociedad del espectáculo, http://sindominio.net/ash/espect.htm, § 4

[3] Theodor W. Adorno: Minima moralia: Reflexiones desde la vida dañada, Akal, Madrid, 2004, § 92, pp.146-7

[4] Véase un ejemplo muy ilustrativo de esta ceguera intelectual: Soledad gallego-Díaz: “¿En qué año murió Julio Verne?”, El País, 14 de octubre de 2005

[5] Theodor W. Adorno: “Lectura de Balzac”, Notas sobre la literatura, Akal, Madrid, 2003, p.145 y ss.

[6] John Zerzan: “Diccionario del nihilista”, Futuro primitivo y otros ensayos, Numa, Valencia, 2001, p. 122.

[7] Giorgio Agamben: “Forma-de-vida”, Medios sin fin. notas sobre la política, Pre-Textos, Valencia, 2001, p. 18.

[8] Ibídem, p. 20.

3 Comments:

Blogger Colibrí Lillith said...

Me ha encantado este texto que, por cierto, conocí gracias a kaosenlared.net.
No sólo me ha hecho reflexionar y pensar mucho sino que también me ha inspirado profundamente :)
Increible, en serio, hacía tiempo q no leía algo así.

PD: Espero q no te importe, en mi blog puse un link al tuyo :P

11:29 p. m.  
Blogger Cinzcéu said...

Sólo sintetizo dos aspectos (por no meterme con modernidad/ posmodernidad):
1-No vivimos en una "cultura de la imagen"; de hecho creo que jamás en la Historia hubo tanta "lectura". ¿Internet es imagen? ¿Incluso TV o cine son imagen? Ver un film subtitulado significa leer 2 horas, además de ver imágenes y escuchar palabras, ruidos, músicas.
2-Leer debería significar pensar, criticar, preguntar, no saber (y agrego: producir). Acá estoy totalmente de acuerdo: creo que ése es el problema, el tipo de lectura que hoy no se hace, que no se enseña a hacer.
Pero 1- y 2- no tienen relación directa y unívoca, o eso opino. Yo hace muchos años que no leo libros... porque me paso el día leyendo (en ambos sentidos: decodificar escritura y pensar/ producir) otros medios y soportes.

9:06 a. m.  
Blogger Andrés Devesa said...

1.- Sí vivimos en la cultura de la imagen. La imagen no permite la reflexión e interacción que es posible con la lectura, como decía Benjamin. La imagen es lo efímero, irreflexivo, por su propia naturaleza. Se trata de una posición maximalista si quieres, pero con una dosis de verdad muy alta.
2.- Efectivamente, leer debería significar pensar y, en cierto modo, (re)escribir lo leído. La vomitona de datos (fundamentalmente vía visual) a la que se nos somete cada día nos impide la reflexión, nos impide la digestión, deglutimos sin posibilidad de asimilación y cuando todavía estamos masticando el último bocado ya nos están metiendo el último plato precocinado.
3.- La cultura de la imagen y falta de pensamiento crítico tienen una relación intrínseca, junto a otros múltimples factores. Al poder no le interesa que la gente pueda pensar por sí misma y por ello nos sobrealimentan con un montón de datos vacíos, con imágenes de todo y de nada, nos engañan haciéndonos creer que estamos informados, que lo sabemos todo, cuando no sabemos nada, puesto que se nos enajena lo más importante, la capacidad intelectual crítica.
4.- Sinceramente, me parece muy triste que no leas libros (al margen de que leas en internet todo lo que quieras). El puro hecho estético y placentero de sentarse una tarde de sábado en un parque y abrir las páginas de un libro... ¿cómo puede compararse a dejarse los ojos frente a la pantalla del ordenador?
Un saludo

10:36 a. m.  

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