miércoles, mayo 31, 2006

España, 1936. El fantasma de la Revolución conjurado

España, 1936.

El fantasma de la Revolución conjurado

La memoria silenciada

“La memoria humana es un instrumento maravilloso, pero falaz.”

Primo Levi

En los últimos años del siglo XX y en estos comienzos del XXI se han venido desarrollando en todo el Estado español una serie de iniciativas para la recuperación de la memoria histórica que han logrado rescatar del olvido algunos de los hechos más trágicos de la reciente historia española, así como la memoria[1] –colectiva e individual– de sus protagonistas. Las víctimas de la guerra civil y la dictadura franquista han sido devueltas a la luz del presente, siendo su papel en la historia reivindicado, su nombre y acciones rememorados y la dignidad que les robó el fascismo restaurada. Era ésta una labor justa y necesaria de la que lo único que cabe lamentar es lo tardíamente que ha sido emprendida, cuando muchos de aquellos hombres y mujeres hace ya mucho que murieron.

Sin embargo, al mismo tiempo que se recupera esa memoria, hay otra que sigue siendo negada. Existen otras víctimas de ese mismo período de nuestra historia que han sido silenciadas, olvidadas, escondidas en un oscuro cajón, cuando no miserablemente vilipendiadas e injuriadas. Hablo de las víctimas de la contrarrevolución estalinista. Víctimas de izquierdas que murieron a manos de verdugos que se decían de izquierdas. Anarquistas como Camilo Berneri, poumistas como Andreu Nin o republicanos como José Robles. Nombres conocidos y otros muchos –muchísimos más– anónimos. Revolucionarios que luchaban por la consecución de un ideal, personas íntegras que se atrevieron a denunciar los crímenes estalinistas o que simplemente se cruzaron en el camino de la contrarrevolución, vieron lo que no debían ver o escucharon lo que no debían escuchar. Doblemente vencidos, doblemente olvidados.

Es imprescindible recuperar también la memoria de estos hombres y mujeres, tanto la individual como la colectiva, lo que implica, por tanto, recuperar también la memoria histórica de esa revolución emprendida por el pueblo español y que fue extirpada por los cirujanos estalinistas con la colaboración de sus “compañeros de viaje” republicanos y que hoy, setenta años después de aquellos hechos, es miserablemente silenciada, negada o sometida a la manipulación histórica por esos historiadores herederos directos de la carroña estalinista que los masacró y cuya labor prosiguen ellos hoy, silenciando esa memoria “incómoda”. Sólo si se emprende esta tarea podremos hablar de una auténtica recuperación de la memoria histórica, lo contrario no es más que una amnesia consciente.



Historiografía burguesa vs. Memoria revolucionaria

“El objetivo de la propaganda es causar el desaliento de los espíritus, persuadir a todo el mundo de su impotencia en restablecer la verdad a su alrededor y de la inutilidad de cualquier intento de oponerse a la difusión de la mentira. El objetivo de la propaganda es conseguir que los individuos renuncien a contradecirla, que ni siquiera piensen en hacerlo.”

Éditions Ivrea y Éditions de L’Encyclopédie des Nuisances

La historiografía oficial –ya sea liberal, socialdemócrata o pseudomarxista– ha silenciado la Revolución Española, tratando de ocultar tanto las realizaciones concretas de la misma como la propia existencia del proletariado como sujeto histórico y fuerza motriz capaz de llevar a cabo una transformación radical del mundo. “El papel de la historiografía universitaria en el tardofranquismo y durante la transición fue rabiosamente mercenario, pues consistió en disimular hasta donde fue posible y por evidentes razones la existencia histórica del proletariado como clase independiente, con un proyecto revolucionario propio parcialmente realizado durante la guerra civil. La ruptura pactada necesitaba a nivel historiográfico una amnesia pactada”[2]. El objetivo de la historiografía académica posfranquista fue el de fomentar la amnesia colectiva para evitar que se pudiera establecer un nexo teórico y práctico entre los revolucionarios de ayer y los de hoy y para borrar el recuerdo de una revolución que pudo ser y no fue y evitar que jamás pueda llegar a ser. Estos mismos historiadores que claman contra la tesis neoliberales del fin de la historia no dudan en poner todo su empeño en que sigamos viviendo en la prehistoria que nunca hemos abandonado, evitando así que la historia –que no es otra cosa que la historia de la lucha de clases– pueda iluminar la noche perpetua a que nos condena el capitalismo.

La historiografía académica no puede de ser otra cosa más que la voz dócil y servil de los amos que la alimentan en sus universidades e instituciones. Por ello su interpretación del pasado no es más que una justificación del presente. Su empeño principal es tratar de establecer un nexo histórico entre la actual monarquía parlamentaria y la experiencia republicana de los años treinta del pasado siglo, ejemplos ambos sistemas de las bondades de la democracia burguesa y del mejor de los mundos posibles en el que dicen que nos hallamos. Pero estos idólatras de la democracia pasan por alto algunas cuestiones. En primer lugar, obvian el continuismo del actual régimen respecto al franquismo y, a continuación y como su complemento necesario, borran de la historia el recuerdo del fantasma que recorrió la República durante toda su existencia: el fantasma de la revolución.

Lo que los historiadores del poder nos vienen a decir es que en los años treinta lo que se decidía en España era sólo una lucha entre fascismo y democracia. La lucha de clases es negada, es suprimida de un plumazo de la historia, pero lo que no pueden hacer es ocultar el borrón que ensucia la historia. Para tratar de disimularlo, en su discurso la revolución queda reducida a una anécdota histórica, a la acción de una minoría de radicales, cuando no se la mete en el mismo saco que el golpe fascista, acusando a los hombres y mujeres que dieron su vida por construir un mundo nuevo de haber propiciado el levantamiento fascista y de haber contribuido a terminar con la experiencia democrática republicana. Nos encontramos así con la tópica visión de una república ideal acosada por extremismos bárbaros y violentos que la hicieron zozobrar[3]. Se iguala a los contrarios: a los que buscaban una revolución social que acabase con la explotación y la miseria a la que era sometida al pueblo español y le permitiese ser dueño de su propio destino, con los que pretendía amarrar las cadenas que ataban a ese pueblo a un régimen semifeudal dominado por los terratenientes y la Iglesia y tutelado por el ejército y la guardia civil. Todo ello con el objetivo de salvar la cara de esa “tercera España”, la del sector “progresista” de la burguesía cuya intención era superar las condiciones feudales en que estaba estancado el país para impulsar el desarrollo de un capitalismo moderno equiparable al europeo y poder seguir explotando, si bien de forma más “racional” y “humana”, a ese mismo pueblo, conjurando así el peligro de estallidos revolucionarios, empeño al que se oponía el sector más reaccionario de esa misma burguesía. La guerra civil y la victoria fascista aplazaron este proyecto modernizador, que tuvo que esperar hasta la “paz” franquista –encharcada en sangre obrera– de los años cincuenta y sesenta para que los tecnócratas del régimen lo pusieran de nuevo en marcha y a los años de la llamada transición democrática para que los políticos, sindicatos y empresarios de la nueva España democrática apuntalasen definitivamente el edificio de un capitalismo moderno y europeo.

Esta visión “progresista” de la historia oculta conscientemente el hecho de que una gran masa de obreros y campesinos españoles lucharon por una revolución social y que esa revolución fue aplastada por una tenaza que apretaba no sólo desde Salamanca y Berlín, sino también desde Moscú, Madrid y Valencia. Esta historia emana directamente del pensamiento dominante, que no puede reconocer ninguno de estos dos hechos o, si lo hace, debe al menos disimularlos o diluirlos en un discurso general abstracto, ya que su conocimiento implica el reconocimiento de la existencia de una sujeto histórico consciente de su fuerza y unidad –el proletariado– capaz de poner contra las cuerdas al Estado y al régimen económico capitalista, así como de la realidad histórica de una lucha entre estas dos fuerzas Capitalismo-Proletariado –lucha que debe ser negada para prevenir su reaparición–, en la que el Estado y el capitalismo utilizaron todos los mecanismos de represión posibles para extirpar el germen de la Revolución, mecanismos que no dudan en utilizar allí donde sea necesario para mantener su dominio. Este conocimiento histórico obliga al Estado a mostrar sus cartas y si hay algo que no le gusta a un buen tahúr es tener que hacerlo antes de tiempo. Sólo cuando la represión se hace necesaria porque el partido de la subversión se hace presente ha de ser ésta evidente.



Contrarrevolución

“La cabra siempre tira al monte, y un estalinista se encontrará siempre en su elemento en donde sea que se respira un olor a crimen oculto de Estado”

Guy Debord

Es en el contexto de una lucha de clases en el que se inscribe la represión estalinista que tuvo lugar durante la guerra civil española, represión que, al igual que la existencia de la propia revolución, es ocultada o pasada por alto por los historiadores del régimen, cuando no se alteran su sentido y circunstancias concretas para justificarla y hacer de las víctimas verdugos y de éstos héroes de la democracia y de la libertad como es el caso del oportunista y servil Carrillo, elevado a los altares de la democracia[4].

El 18 de julio de 1936 estallaba el golpe de estado fascista y ese mismo día los obreros y campesinos tomaban las armas, no para defender la república burguesa, sino para enarbolar la bandera de la revolución y constituirse en el “pueblo en armas” que llevase a cabo la transformación revolucionaria de la sociedad. Las vicisitudes de la guerra y la propia incapacidad e indecisión de las organizaciones revolucionarias para administrar su inicial victoria[5] provocaron que la situación revolucionaria del verano de 1936 entrase en un punto muerto en los meses siguientes y empezase a perder fuelle, lo que fue aprovechado por las fuerzas de la contrarrevolución, encabezadas por el PCE, para destrozar la obra revolucionaria y perseguir a sus creadores, tratando de borrar toda huella de la misma. Desde el mismo comienzo de la guerra civil y del proceso revolucionario, el Partido Comunista y sus “compañeros de viaje” –los Azaña, Prieto, Negrín y compañía– llevaron a cabo una política de contención, en un primer momento, y de represión y desarticulación, en cuanto se sintieron lo suficientemente fuertes, de los avances revolucionarios.

El PCE, partido minoritario antes del comienzo de la guerra civil, fue incrementando el número de sus afiliados y el grado de control de los mecanismos de poder y represión del Estado de forma creciente desde el verano de 1936. Este ascenso de los comunistas se produjo por varias circunstancias. En primer lugar, debido a los condicionantes internacionales de la guerra de España, con el hipócrita pacto de No-Intervención, gracias al cual, a pesar de lo irrisorio de la ayuda enviada y del alto precio que se tuvo que pagar por ella, la Rusia estalinista pudo presentarse como la única potencia que ayudaba a la república española en su lucha contra el fascismo. El potente aparato de propaganda estalinista se puso de inmediato a trabajar para incrementar su influencia en la política española y controlar así una revolución que podía perjudicar los intereses del estalinismo, especialmente en sus relaciones con las potencias democráticas Francia e Inglaterra. La ayuda rusa fue magnificada y la propaganda estalinista empezó la tarea de creación de mitos en torno a la misma, como el de las Brigadas Internacionales, obviando que los primeros internacionales que acudieron a España a luchar contra el fascismo y a defender la Revolución fueron anarquistas y marxistas antiestalinistas que engrosaron las filas de las columnas de la CNT y el POUM desde los primeros días de la guerra, meses antes de que los primeros brigadistas internacionales llegasen a España.

El segundo factor que explica el ascenso del PCE es su alianza con la burguesía en tanto que la vanguardia de la contrarrevolución y única organización que podía llevarla a cabo y actuar como contrapeso al movimiento obrero revolucionario. Los partidos republicano-burgueses vieron enseguida que si alguien podía contener la revolución y salvaguardar el capitalismo era el PCE y se subieron en marcha a la locomotora del estalinismo. Esta unión de intereses propició que los comunistas buscasen y adquiriesen el prestigio que no tenían entre las masas obreras en los pequeños propietarios, los funcionarios y los representantes de la izquierda burguesa, que vieron en la disciplina estalinista el seguro de vida del capitalismo frente a la amenaza de la revolución social.

Los estalinistas fueron haciéndose más fuertes, ocupando cada vez más puestos en la administración e imponiendo sus criterios en el desarrollo de la lucha contra el fascismo, como el de la creación de un Ejército Popular –que lógicamente pasaba a ser controlado mayoritariamente por oficiales comunistas– que sustituyese al pueblo en armas, la mayor garantía de la revolución, lo cual sirvió además para incrementar aún más su poder, influencia y prestigio, a la vez que mermaba el del resto de organizaciones, que hicieron de la dejación de responsabilidades y la inoperancia su máxima y no supieron ver el peligro que se cernía sobre ellas. Las organizaciones revolucionarias, la CNT especialmente, cometieron el gravísimo error de dejar de lado la cuestión del poder, creyendo que, una vez iniciada la revolución social, el poder caería por sí sólo, arrollado por la fuerza emancipadora y creadora de ésta. Es ésta la tercera clave que explica el triunfo de la contrarrevolución, la falta de visión y de determinación de una izquierda revolucionaria que no supo estar a la altura de las circunstancias y se dejó arrastrar por los acontecimientos, cavando así su propia tumba. El asalto final al poder fue pospuesto[6], lo que fue aprovechado por los estalinistas, que sí tenían una concepción clara del poder y de sus mecanismos, así como la suficiente falta de escrúpulos y el oportunismo político necesario para utilizar ese poder con el fin de abortar la revolución social.

Durante el otoño de 1936, los estalinistas fueron ganando terreno a la revolución día a día, hasta que estuvieron lo suficientemente preparados y adquirieron la fuerza necesaria para llevar a cabo el asalto final que desatase la caza de brujas y acabase a sangre y fuego con la revolución. El comienzo de la última y definitiva fase de la contrarrevolución, –que se inició el mismo 19 de julio, pero que no alcanza hasta este momento su dimensión más clara y contundente–, se puede situar en diciembre de 1936 con la exclusión del POUM del gobierno de la Generalitat y su punto álgido fueron las jornadas de mayo de 1937 en las que militantes de la CNT y el POUM se enfrentaron en Barcelona a los cuerpos de seguridad controlados por el PSUC tras la provocación que supuso la toma de la Central Telefónica, en manos de la CNT desde el comienzo de la guerra. Esta “guerra civil dentro de la guerra civil”, como se la suele denominar, supuso la toma de posiciones más clara a lo largo del conflicto entre las fuerzas de la revolución y las de la contrarrevolución y se saldó con la derrota de la primera, al abandonar el bando revolucionario el ring antes del primer asalto[7]. Repicaban las campanas a muerte por la revolución y lo más trágico es que muchos de los “líderes” anarquistas acompañaban a las fuerzas de la contrarrevolución en el tañido de esas campanas. Cuando el ministro de la CNT García Oliver hizo un llamamiento por radio a los militantes de la organización para que dejasen las armas, se rindiesen y abandonasen la revolución en manos de sus enemigos “hubo quien disparó contra el aparato de radio y quien, avergonzado por lo que oía, rompió su carné sindical. En las barricadas bautizaron el discurso de Oliver como «la leyenda del beso».”[8] Sólo algunos elementos decididos y plenamente conscientes de su papel histórico, como Los Amigos de Durruti, trataron de resistir y, sobre todo, de elaborar un programa, más o menos acertado, pero directo y consciente de la grave situación a la que se enfrentaba la revolución[9].

A las jornadas de mayo le sucedió una virulenta represión, tras unos días de aparente tregua, en la que numerosos militantes de la CNT, la FAI, las Juventudes Libertarias y el POUM fueron perseguidos, acabando muchos de ellos en las checas del PSUC y la NKVD estalinista. El POUM fue puesto fuera de la ley, algo que los estalinistas no se atrevieron a hacer con la CNT, que todavía contaba con cientos de miles de militantes dispuestos a resistir antes que dejarse cazar como conejos –a pesar del entreguismo de sus dirigentes–. En junio de 1937 Andreu Nin, el dirigente y teórico del POUM y una de las figuras intelectuales más importantes de la izquierda desde hacía dos décadas, fue secuestrado por la NKVD y trasladado a una checa en Madrid, donde fue torturado salvajemente para que confesase que su partido estaba a sueldo de los fascistas, lo que no pudieron lograr sus torturadores, por lo que fue vilmente asesinado y enterrado en una fosa[10]. La contrarrevolución había triunfado. En agosto las tropas del estalinista Líster podían entrar casi sin oposición en Aragón para disolver su Consejo, detener a sus miembros y proceder a destruir las colectividades que llevaban funcionando en la región desde el verano anterior. La revolución era extirpada a sangre y fuego de las tierras españolas. El crimen se había consumado. Las campanas dejaron de sonar y un silencio ensordecedor golpeó los corazones de miles de hombres y mujeres.



La verdadera imagen del pasado transcurre rápidamente

“El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer.”

Walter Benjamin

Setenta años han pasado desde el comienzo de aquella revolución. Su derrota fue nuestra derrota. La tierra española se anegó en sangre y la pesada losa del olvido ahogó las voces que trataban de hablarnos de aquellos hechos. Los asesinos del pueblo y sus cómplices se dieron la mano con sus necesarios sucesores para girar juntos la llave del sepulcro en el que fueron enterrados los sueños de toda una generación y evitar que pudieran trasladarse a las siguientes. El fantasma de la revolución fue conjurado, pero a pesar de todo no pudieron evitar que treinta años después de su primera llegada volviese a resurgir con fuerzas renovadas cuando todos lo creían olvidado. Las hogueras volvieron a encenderse y el pánico y la fiesta volvieron a reconocerse, aunque fuese efímeramente, como hermanos[11]. Pero, hay quien dice que la historia se repite y en este país parece que así ocurre. El fantasma fue de nuevo enterrado en tiempos de nuestros padres por la misma conjunción de fuerzas e intereses que lo hicieron en tiempos de nuestros abuelos.

Hoy, aquellos que tratamos de armarnos sobre las ruinas para reconstruir las bases que nos permitan algún día volver a tomarle el pulso al capitalismo y al Estado y proporcionarle nueva savia al fantasma de la revolución, no podemos dejar de entablar el combate por la memoria. Desenmascarar la mentira histórica es una tarea necesaria en la reconstrucción de una teoría crítica que pueda deshacerse de los impedimentos para la construcción de una verdad práctica que pueda atreverse a enunciar de nuevo la palabra revolucionaria. Desenmascarar a los enemigos de ayer nos puede ayudar a desenmascarar a los de hoy, a reconocerlos y a nombrarlos como condición previa para combatirlos[12]. Desenmascararles supone mostrar como con la pluma hacen lo que aquéllos hicieron con las pistolas, como desde la academia desempeñan la misma labor que aquéllos llevaban a cabo en la checa, como volverían a repetir su papel en la historia si fuese necesario. Desenmascararles supone tomar partido por la historia, la historia de la lucha de clases, tomar partido por la superación de este viejo y gastado mundo haciendo “el pasado citable en cada uno de sus momentos”[13]. Volver a creer en el eterno fantasma de la revolución.



NOTAS:

[1] Para un análisis –aunque modesto– del problemático concepto de “memoria histórica” y su aplicación a la guerra civil española me remito a Andrés Devesa: “La domesticación de la memoria. Una reivindicación benjaminiana de la memoria histórica”, http://fcuatrocincouno.blogspot.com/2006/04/la-domesticacin-de-la-memoria.html

[2] Miguel Amorós: “Los historiadores contra la Historia”, Las armas de la crítica, Likiniano elkartea, Bilbao, 2004.

[3] Como ejemplo de esta versión de la historia no se puede dejar de citar al historiador oficial de la progresía: Santos Juliá: “De «guerra contra el invasor» a «guerra fraticida»”, en Santos Juliá (coord.): Víctimas de la guerra civil, Temas de Hoy, Madrid, 2004, pp. 29-30.

[4] No en vano lleva setenta años sirviendo al poder y reprimiendo cualquier posibilidad revolucionaria, ya fuese durante la guerra, desde su cómodo exilio en la Rusia estalinista o durante los pactos de la transición.

[5] Para un análisis crítico de la revolución y de la responsabilidad de las organizaciones revolucionarias –especialmente la CNT– en su derrota véase: Vernon Richards: Enseñanzas de la revolución española, Campo Abierto Ediciones, Madrid, 1977 y Miquel Amorós: La revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti, Virus, Barcelona, 2003.

[6] “A veces todas las organizaciones se ven obligadas a colaborar, pero es sólo una manera de posponer el ajuste de cuentas final. Un grupo debe tener el control. Mientras los anarquistas iban de “éxito en éxito”, su posición se iba socavando y debilitando. La afirmación de la C.N.T. en el sentido de que no quería imponerse a las demás organizaciones, ni combatirlas, era en realidad una excusa para no ser atacada por las otras, era el reconocimiento de su debilidad.” Paul Mattick: “Las barricadas deben ser retiradas: el fascismo de Moscú en España”, en: Carlos García Velasco y Sergi Rosés Cordovilla (eds.): Expectativas fallidas (España 1934-1939). El movimiento consejista ante la guerra y la revolución españolas: artículos y reseñas, Adrede ediciones, Barcelona, 1999, p. 114.

[7] “La tesis de los líderes de la CNT-FAI era que los enemigos de los trabajadores revolucionarios habían querido esta lucha como excusa y pretexto para liquidarlos y que, por lo tanto, ellos no debían prestarse al juego del enemigo”, Vernon Richards: Op. cit., p.115.

[8] Miquel Amorós: Op. cit., p. 217

[9] Para conocer el contenido de su programa me remito a su manifiesto “Hacia una nueva revolución”, Centre de Documentació Històrico-Social / Etcétera, Barcelona, 1977.

[10] Las cuestiones relativas a la detención y asesinato de Andreu Nin fueron esclarecidas en gran medida por el documental de la televisión pública catalana Operació Nikolai, dirigido por María Dolors Genovés en 1992. Para más información véase: María Dolors Genovés: “Operación Nikolai o el asesinato de Andreu Nin”, http://www.fundanin.org/genoves.htm y Wilebaldo Solano: “La larga marcha por la verdad sobre Andreu Nin”, http://www.fundanin.org/solano8.htm

[11] Walter Benjamin: “Sombras breves”, Discursos interrumpidos I, Taurus, Madrid, 1987, pp. 149-150.

[12] Gianfranco Sanguinetti: “Bienvenidos a la ciudad más libre del mundo”, en: VV.AA.: Un terrorismo en busca de dos autores. Documentos de la revolución en Italia, Likiniano elkartea, Bilbao, 1999, p.39

[13] Walter Benjamin: “Tesis de Filosofía de la Historia”, Op. cit. § 3, p. 179.


6 Comments:

Blogger Emiliano De Bin said...

Excelente reseña. Sobra decir que todo proceso de rememoración es siempre parcial, sobre todo cuando se encara desde la proyección de como esa memoria puede presentificarse y, particularmente, a partir de qué réditos se pueden obtener de esa presentificación. Para bien o para mal, tambien la historia se construye, lo importante es saber ver, mas alla de lo construido, sus cimientos, y poder construir nuevos puntos de vista, abrir brechas, producir cimientos y no nuevos castillos de naipes.

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